La tarea de escribir requiere de la lectura. El que lee para entretenerse, el que asume la lectura como diversiva es un tipo de lector. El otro es el que lee para aprender. Este último no toma la lectura como ocio culto sino como una tarea formativa, de estudio. En mi caso, las lecturas infantiles y juveniles que asumí eran formas de entretenimiento o, en todo caso, para cumplir con mis tareas escolares.

Otra fue la motivación que tuve al estudiar en la universidad y con la convicción fortalecida de prepararme para escribir. En la universidad aprendí a leer de una forma distinta, con tareas especializadas de comprensión lectora, subrayando los elementos esenciales (subrayado lineal) y trasladándolos luego al margen de los libros (subrayado o anotación marginal). A los diecisiete años empecé esa tarea que no he dejado nunca y que me sirvió también para las clases que dicto sobre redacción especializada a diversos profesionales. De vez en cuando descubro alguno que desea escribir y le sugiero cómo tomar apuntes.

He comentado muchas veces que quien tenga clara la vocación de escribir, debe leer de modo ordenado. Yo lo hice autor por autor. De este modo leí a los clásicos primero y a los escritores contemporáneos después. Empecé leyendo poesía, pero después de estudiar a César Vallejo decidí escoger otro rumbo, el de la prosa, aunque debo confesar que sigo escribiendo poesía, aunque de un modo aleatorio.

Como docente universitario me encanta descubrir vocaciones tempranas entre mis alumnos y los ayudo con sus lecturas, leyendo sus trabajos y planteándoles sugerencias. Conozco muy pocos escritores con esa vocación formativa. La mayoría mira el mundo desde su atalaya envanecida y es ajeno a enseñar. Si leer es parte de la tarea de escribir, quienes escribimos tenemos la obligación moral de enseñar, porque aprendemos de otros, porque nadie ha nacido con la literatura infusa. Un buen lector o un aprendiz, se sienten honrados cuando un autor toma parte de su tiempo para leer su producción iniciática. Así ocurrió conmigo también. Y mis maestros, fortuna tuve, me dedicaron consejo, sugerencia. Allí están Mario Florián, por ejemplo, o Antenor Samaniego, Winston Chung Escajadillo, Amparo Salinas, Dorita Bazán, entre otros a quienes debo mi formación.

Por eso, amable lector, cuenta conmigo cuando requieras de una sugerencia.

Gabriel Niezen Matos

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Escritor y realizador audiovisual.


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